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La historia de don cuco

Allá en aquellos ayeres preparatorianos, mis cuates y yo nos reuníamos en un lugarcito en la calle, cómodamente sentados y viendo la gente pasar. Fumándonos un cigarrito y echándonos unas coquitas bien frías. Y por ahí siempre pasaba Don Cuco. Don Cuco ya era «bastante» mayorcito, entradas en las cienes, cabello canoso y algunas arrugas en la cara como muestra de sus ayeres. Y sin embargo mantenía una condición física como pocos a su edad.

Al paso del tiempo nos hicimos sus amigos, y contínuamente nos regañaba, a mí en lo particular por mi forma regordeta.

«En vez de estar aquí echadotes todo el día, deberían hacer ejercicio» – nos decía. «Veanme a mí, a mis sesentaytantos años y como estoy. Todos los días salgo a correr a las 6 de la mañana. No fumo, no bebo. Vengo del médico y me dice que fácilmente puedo llegar a los cien años. Y todavía le pongo diario con mi señora.» mientras movía frenéticamente sus puños cerrados arriba y abajo.

Yo sólo lo veía, sonreía y pensaba para mí «ojalá que cuando llegue a su edad tenga por lo menos la mitad de energía del viejito loco este».

Y así lo pensaba, cuando en una de tantas mañanas, al salir a correr, Don Cuco tropezó, cayó y un camión de volteo que pasaba por ahí le aplastó la cabeza con una llanta.

Murphy dice: Departamento técnico, ¿dígame? ¿Ha probado a apagarlo y encenderlo?.